Consejos para mejorar la relación con tus hijos

En ocasiones pueden surgir conflictos entre padres e hijos, que pueden derivar en problemas de comunicación, pero que gracias a una buena comunicación basada en el respecto mutuo y la empatía, pueden solucionarse.

La comunicación no violenta afirma que la mayoría de los conflictos surge de la mala comunicación de las necesidades humanas. Estos modos de comunicación desvían la atención de los participantes perpetuando así el conflicto.

Todas las personas tienen la capacidad de compasión y solo recurren a la violencia o al comportamiento que daña a otros cuando no reconocen estrategias más efectivas para satisfacer sus necesidades.

La teoría de la CNV afirma que todo comportamiento humano se deriva de intentos de satisfacer necesidades humanas universales, y que estas necesidades jamás están en conflicto. Si las personas pueden identificar sus necesidades, las necesidades de los demás y los sentimientos que rodean a estas necesidades, se consigue la armonía.

Hay diferentes maneras para mejorar esas relaciones y desarrollar conexiones emocionales con nuestros hijos. A continuación vas a ver unos sencillos consejos para mejorar la relación padres e hijos.

 

Cómo debes hablar para que tus hijos te escuchen

Se trata de una corriente desarrollada por las psicólogas estadounidenses Faber y Mazlish e implementada en España por Júlia Mateo.

 

Ten en cuenta sus sentimientos

Para ayudar a tus hijos a desarrollar una relación saludable, escúchalos siempre, aunque estén llorando y tengan rabietas. Que sean conscientes de que estás ahí. Abrázalos, y deja que se expresen.

 

Habla con ellos

Los más pequeños tienen dudas y curiosidades relacionadas con diversos temas de la vida. Aunque puede parecer abrumador tratar de explicárselo a un niño, es necesario que lo hagas.

¿Quieres que comprendan que aunque una persona muera sigue viva en todos aquellos que la conocían? Pues cuéntaselo para ayudar a traerles paz y perspectiva. Lo fundamental es que no evites estos asuntos. Los niños necesitan aprender de sus padres a través de sus enseñanzas. Ten como base tus propios valores y enséñales a partir de ellos, de forma amable y reflexiva.

 

Cuéntales más sobre tu vida

A los niños les gusta saber cómo era para ti hacer las cosas que ellos están aprendiendo a hacer en estos momentos. Cuéntales historias sobre tu propia infancia y adolescencia. Cuándo aprendiste a montar en bicicleta, cuándo te enamoraste por primera vez, dónde te ibas de vacaciones, cómo eran tus amigos de la infancia… Son detalles que les ayudan a sentirse más cercanos a ti.

 

Comparte tiempo de ocio de calidad con tus hijos

Reserva tiempo en exclusiva para dedicárselo a ellos, sin teléfono móvil ni distracciones, para poder prestarles la máxima atención. Eso hará que se sientan importantes, valorados y sin estrés. Demuéstrales que son los más importante para ti.

 

Juega y practica deporte 

Juega el escondite en casa, llévalos al caballito, haz deporte… son maneras divertidas de jugar con tus hijos que a la vez, contribuyen a que la relación con ellos sea más profunda.

 

Mira a tus hijos

Llevarlos a la escuela, hacer las actividades de cada día… es una rutina que no nos da el tiempo necesario para parar, tomar perspectiva y mirar a nuestros hijos a los ojos. Cada vez que puedas y que hables con ellos ten presente la importancia del contacto visual. Esto ayuda a construir una conexión y mantenerla a lo largo del tiempo.

 

Al practicar la comunicación no violenta se consiguen las siguientes intenciones:

Vivir con el corazón abierto
Auto compasión
Expresar desde el corazón
Recibir con compasión
Priorizar la conexión
Moverse más allá de lo “correcto” e “incorrecto” al usar evaluaciones basadas en las necesidades
Asumir la responsabilidad de nuestros sentimientos
Asumir la responsabilidad de nuestras acciones
Vivir en paz con necesidades no satisfechas
Incrementar la capacidad de satisfacer necesidades
Incrementar la capacidad de estar en el momento presente
Interesarse por igual por las necesidades de todos
Usar la fuerza mínimamente y para proteger, en lugar de usarla para educar, castigar o conseguir lo que queremos sin consentimiento.

 

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